
Jaqueline Robles
Todavía falta un tramo considerable para las elecciones de 2027 en Oaxaca, pero en las mesas de café y en los pasillos de la grilla local, la calentura política ya está en su punto de ebullición. Decenas de suspirantes a las alcaldías y a las diputaciones locales ya andan repartiendo abrazos que no sentían y sonrisas de dentífrico barato. Sin embargo, lo verdaderamente insolente no es su prisa, sino la trampa con la que pretenden tomarle el pelo a la ciudadanía: la compra de “encuestas a la carta” para vender una falsa narrativa de triunfo indispensable.
Apenas arranca el ambiente rumbo al 2027 y ya circulan en redes sociales coloridas gráficas en PDF patrocinadas por el “egosistema” de aspirantes que presumen marcas “patito” asociadas a cuentas de apoyo coordinado. En todas esas láminas, curiosamente, el político que paga la publicación aparece en primer lugar con porcentajes aplastantes sobre rivales que ni siquiera han levantado la mano.
Es el clásico “sueño guajiro” empaquetado en una diapositiva.
Pero ante este despliegue de vanidad pagada, cabe hacer la pregunta fundamental: ¿no es la propia sociedad oaxaqueña la que puede responderse sola sobre el valor real de esas encuestas?
Si la ciudadanía repasa la lista de esos personajes que hoy suben sondeos sin ton ni son, ¿de cuál de ellos recuerda realmente una acción favorable, oportuna o desinteresada por Oaxaca? La respuesta es abrumadora.
Estamos ante la típica fauna de políticos electoreros: especímenes que permanecen mudos e invisibles durante años, pero que milagrosamente se aparecen cada vez que se abre un proceso electoral en la entidad.
Fuera de los tiempos de boletas y propaganda, el saldo que dejan a su paso es el mismo de siempre: distanciamiento, indiferencia, una insultante soberbia y el abandono sistemático de las comunidades y colonias que prometieron defender.
Quienes hoy presumen encabezar las “preferencias” son, en su mayoría, los mismos que cuando ocuparon un cargo público o administrativo cerraron las puertas, ignoraron las demandas sociales y miraron por encima del hombro a quienes los llevaron al poder.
Cucharear un sondeo telefónico o digital en Oaxaca es facilísimo: basta con pagar un par de miles de pesos a un robot para que haga llamadas en zonas céntricas o pautar una pálida encuesta en diversas plataformas digitales segmentada para el séquito del aspirante. Con esa muestra amañada omiten la realidad territorial del estado, pero salen a cacarear que “el pueblo los respalda”.
A los suspirantes hay que recordarles que una encuesta pagada no es una fianza de victoria; es apenas un recibo de pago que confirma su desespero. Y a la ciudadanía nos toca ejercitar la memoria: cuando un político le presente una gráfica donde se declare invencible rumbo al 2027, no le pregunte cuánto sacó en la encuesta, pregúntele qué ha hecho por Oaxaca en los años en que no necesitó de su voto.
La respuesta a sus famosos números se contestará sola.
Que beba su taza amarga a quien le quede el saco; los demás disfrutaremos un exquisito café gourmet.











